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Permanecí ahí, bajo la luz del fuego, abrasado por el calor. La mancha de sangre en mi pecho era como el mapa de un continente nuevo y violento. Me sentí purificado. Sentí como este tenebroso planeta giraba bajo mis pies, y supe cuál es ese secreto que solo los gatos conocen, ese que les hace gritar como bebés en la noche. Miré al cielo a través del intenso humo lleno de grasa humana y vi que Dios no se encontraba ahí. Vi esa oscuridad fría y vacía que se extiende hasta el infinito, vi que estamos solos. Vivimos nuestras vidas, puesto que no tenemos nada mejor que hacer. Más adelante, ya les buscaremos un sentido. Venimos de la nada; Tenemos hijos, que se encuentran atados a este infierno al igual que nosotros, y volvemos a la nada. No hay nada más.

La existencia es algo fortuito. No hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente durante mucho tiempo. No tiene ningún sentido, salvo el que decidimos imponer. Este mundo que vaga a la deriva no esta moldeado por vagas fuerzas metafísicas. No es dios quien mata a los niños. Ni es el destino el que los despedaza, ni es la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Solo nosotros.

Las calles hedían a fuego. El vacío respiraba con fuerza en mi corazón, convirtiendo sus ilusiones en hielo, haciéndolas añicos. Entonces renací, libre de garabatear mi propio diseño sobre el lienzo en blanco, en cuestiones morales, que es este mundo.


Me senté en la cama. Miré el test de Rorschach. Traté de ver un árbol frondoso, proyectando una sombra a sus pies, pero no pude. Se parecía más a un gato muerto que encontré una vez, lleno de gusanos brillantes y gordos, unos encima de otros. Recorriéndolo, huyendo de la luz.

Incluso eso es evitar el verdadero horror. El auténtico horror es que al final sólo son unas manchas oscuras, vacías, sin sentido. Estamos solos. No hay nada más.

— Watchmen

Written by nousernameprefer

enero 18, 2011 at 1:46 am

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2010: lo mejor visto.

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Toy Story 3
Lee Unkrich
Un hombre que duerme
Bernard Queysanne
El sur
Víctor Erice
Twin Peaks
David Lynch
Picnic en Hanging Rock
Peter Weir
Two Lovers
James Gray
Mary and Max
Adam Elliot
María Antonieta
Sofia Coppola

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diciembre 30, 2010 at 5:55 am

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2010: lo mejor leído.

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La mano izquierda de la oscuridad
Úrsula K. Le Guin
Nunca me abandones
Kazuo Ishiguro
Ebano
Ryszard Kapuściński
Persépolis
Marjane Satrapi
El antropólogo inocente: Notas desde una choza de barro.
Nigel Barley
Armas, gérmenes y acero/ Guns, Germs and Steel: Breve historia de la humanidad en los últimos trece mil años.
Jared Diamond
1984
George Orwell
Todo Mafalda
Quino
Momo
Michael Ende
Narraciones extraordinarias
Edgar Allan Poe
Ubik
Philip K. Dick

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diciembre 30, 2010 at 12:30 am

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Ébano

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“La gente pasa hambre no porque en el mundo falte comida. La hay, y mucha, de sobra. Pero entre
los que quieren comer y los almacenes llenos se levanta un obstáculo muy alto: el juego político. Jartum
limita el número de vuelos con ayuda para las víctimas de las hambrunas. Muchos de los aviones que, a
pesar de todo, llegan a su destino son saqueados por jefecillos locales. Quien tiene armas, tiene comida.
Quien tiene comida, tiene poder. Nos movemos entre personas que no piensan en la esencia y la
trascendencia ni en el sentido y la naturaleza del ser. Estamos en un mundo en que el hombre,
arrastrándose y escarbando en el barro, intenta encontrar en él cuatro granos de cereal que le permitan vivir hasta el día siguiente.”

“El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben demaneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: «Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, transcurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior.» El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batalla, ésta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).
El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos
de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en
estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad
pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.
Todo lo contrario de la manera de pensar europea. Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse
una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: «¿Cuándo se celebrará la reunión?» La
respuesta se conoce de antemano: «Cuando acuda la gente.»
De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra,
se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de
inerte espera.”

“Pero esto es África, y el feliz nuevo rico no puede olvidar su vieja tradición de clan, uno de cuyos cánones reza: comparte todo lo que tienes con tus hermanos, con otros miembros de tu clan, o sea, como se dice aquí, con tu primo (en Europa, los lazos con el primo son ya bastante débiles y lejanos, pero en África, el primo por parte materna es más importante que el marido). Así que, si tienes dos camisas, dale una; si tienes un cuenco de arroz, dale la mitad. El que viola este principio se autocondena al ostracismo, se expone a ser expulsado del clan y al terrorífico estatus de individuo apartado. Es en Europa donde el individualismo constituye un valor apreciado, y aún más en Norteamérica; en África, el individualismo es sinónimo de desgracia, de maldición. La tradición africana es colectivista, pues sólo dentro de un grupo bien avenido se podía hacer frente a unas adversidades de la naturaleza que no paraban de aumentar. Y una de las condiciones de la supervivencia del grupo consiste precisamente en compartir con otros hasta la cosa más insignificante. Un día me vi rodeado por un nutrido grupo de niños. Sólo llevaba un caramelo, y lo puse sobre la palma de la mano. Los niños, inmóviles, lo miraban como pasmados. Finalmente, la niña de más edad cogió el caramelo, lo desmenuzó a fuerza de cautelosos mordiscos y, equitativamente, lo repartió entre todos.”

“El comercio de esclavos también ha tenido consecuencias desastrosas en el terreno psicológico. Envenenó las relaciones personales entre los habitantes de África, les inyectó odio y multiplicó las guerras. Los más fuertes intentaban inmovilizar a los más débiles para venderlos en el mercado, los reyes comerciaban con sus súbditos; los vencedores, con los vencidos; y los tribunales, con los condenados. Semejante comercio marcó la psique del africano con el estigma tal vez más profundo, doloroso y duradero: el complejo de inferioridad. Yo, el negro, no soy sino aquel que el comerciante blanco, invasor y verdugo, puede raptarme en mi casa o terruño, encadenarme, meterme en la bodega de un barco, exponerme como mercancía y más tarde obligarme a latigazos a hacer los trabajos más duros día y noche. La ideología de los comerciantes de esclavos se basaba en el principio de que el negro era un nohombre; que la humanidad se dividía entre hombres y subhombres y que con estos últimos se podía hacer lo que a uno le viniese en gana, y lo mejor: aprovecharse de su trabajo y luego eliminarlos. En las notas y los apuntes de estos comerciantes está expuesta (si bien de forma muy primitiva) toda la ideología ulterior del racismo y totalitarismo con toda su tesis vertebradora: que el Otro es el enemigo, más aún, es un nohombre.
Toda esta filosofía de desprecio y odio obsesivos, de vileza y salvajismo, antes de inspirar la construcción de Kolymá y Auschwitz, hacía siglos que había sido formulada y escrita por los capitanes del Martha y el Progresso, el Mary Ann o el Rainbow, cuando al mirar desde sus cabinas por el ojo de buey hacia los palmerales y las playas incandescentes, aguardaban a bordo de sus barcos, atracados en las islas de Sherbro, Kwale o Zanzíbar, el cargamento de turno de esclavos negros.”

“En esto consiste lo atractivo de la agitación étnica, en lo fácil y accesible que resulta: el diferente salta a la vista, todo el mundo puede verlo y grabar su semblante en la memoria. No hace falta leer libros, reflexionar ni discutir: basta con mirar.”

“En Europa, la gente que se ve en la calle, por lo general, camina hacia un destino determinado. La aglomeración tiene una dirección y un ritmo, ritmo a menudo caracterizado por la prisa. En una ciudad africana, sólo parte de la gente se comporta de manera similar. El resto no va a ningún lado: no tiene adónde ni para qué. Deambula, permanece sentada a la sombra, mira a su alrededor, dormita… No tiene nada que hacer. Nadie la espera. Por regla general pasa hambre. El más mínimo acontecimiento callejero -una riña, una pelea, un ladrón atrapado— inmediatamente reúne una multitud de esa gente. Y es porque está por todas partes; los mirones del mundo: sin hacer nada, esperando a Dios sabe qué y viviendo de no se sabe qué. El rasgo principal de su estatus es el desarraigo. Ya no volverán a la aldea y no tienen un lugar en la ciudad. Sólo están. Existen, de una manera u otra. De una manera u otra: he aquí la expresión que mejor define su situación, tan frágil e insegura es. Se vive de alguna manera, se duerme de alguna manera, a veces hasta se come de alguna manera. Este carácter ilusorio y efímero de su existencia hace que un bayaye siempre se sienta amenazado, que nunca lo abandone el miedo. Ese miedo que se ve aumentado por el hecho de que a menudo es un inmigrante no querido, un llegado de otra cultura, lengua y religión. Un competidor extraño y superfluo por un cuenco que ya de por sí está vacío, por un trabajo que siempre falta.”

Ébano – Kapuscinski

Written by nousernameprefer

diciembre 28, 2010 at 6:14 am

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Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo.

Cortázar – Rayuela

Written by nousernameprefer

noviembre 15, 2010 at 6:04 pm

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“Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz: tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener. Está a salvo: nunca está enferma: no teme a la muerte; ignora la pasión y la vejez: no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de forma que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma”

Un Mundo Feliz – Huxley

Written by nousernameprefer

octubre 26, 2010 at 10:17 pm

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-Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.
[…]
-Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Casa vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas todavía más, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:
-Nunca se debe pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida.
[…]
-De repente se da cuenta uno de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no está sin aliento.

[Pag. 39]

[…] Había caído sobre él una especie de obsesión ciega. Y si alguna vez se daba cuenta de que sus días se volvían más y más cortos, ahorraba con mayor obsesión.

[…] cada día eran más los que se dedicaban a lo que ellos llamaban “ahorrar tiempo”. Y cuantos más eran, más los imitaban, e incluso aquellos que en realidad no querían hacerlo no tenían más remedio que seguir el juego. Diariamente se explicaban por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo, que un día, regalarían a los hombres la libertad para la vida “de verdad”. En las paredes se pegaban carteles en los que se veían todas las imágenes posibles de la felicidad. Debajo ponía en letras luminosas:

Los ahorradores de tiempo viven mejor

Los ahorradores de tiempo son dueños del futuro

Cambia tu vida: ahorra tiempo

[…] Es cierto que los ahorradoresde tiempo iban mejor vestidos que los que vivían cerca del viejo anfiteatro. Ganaban más dinero y podían gastar más. Pero tenían caras desagradables, cansadas o amargadas y ojos antipáticos. Ellos, claro está, desconocían la frase: “¡Ve con Momo!” No tenían a nadie que pudiera escucharles y les ayudara a volverse listos, amistosos o contentos. Pero incluso si hubieran tenido a alguien así es más que dudoso que jamás hubieran ido a verle, a menos que se hubiera podido resolver la cuestión en cinco minutos. Si no, lo habrían considerado tiempo perdido.

[…] El soñar se consideraba, entre ellas, casi un crimen. Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio. Pero está claro que no se trataba de un ruido divertido, como el que reina allí donde juegan los niños, sino de uno airado y pesimista, que de día en día hacía más ruidosa la ciudad.

El que a uno le gustara su trabajo y lo hiciera con amor no importaba; al contrario, eso sólo entretenía. Lo único importante era que hiciera el máximo trabajo en el mínimo de tiempo. En todos los lugares de trabajo de las grandes fábricas y oficinas colgaban carteles que decían: El tiempo es precioso — no lo pierdas El tiempo es oro — ahórralo.

[Pag.72]

Con una muñeca tan fabulosa no se puede jugar igual que con otra cualquiera, esto está claro. Tampoco está hecha para eso. Hay que ofrecerle algo, si uno no quiere aburrirse con ella […]
—En primer lugar —dijo—, necesita muchos vestidos. Aquí tenemos, por ejemplo, un precioso vestido de noche.
Lo sacó del coche y lo tiró hacia Momo.
—Y aquí hay un abrigo de pieles de visón auténtico. Y aquí […]
—Bueno —dijo, y volvió a sonreír mínimamente—, con esto ya podrás jugar un buen rato, ¿no es verdad, pequeña? Pero al cabo de unos días también esto se vuelve aburrido, ¿no crees? Pues bien, entonces tendrás que tener más cosas para tu muñeca.
—Aquí hay, por ejemplo, un bolso pequeñito de piel de serpiente, con un lápiz de labios pequeñito y[…]
—Como ves —prosiguió el hombre gris—, es muy sencillo. Sólo hace falta tener más y más cada vez, entonces no te aburres nunca. Pero a lo mejor piensas que algún día la perfecta “Bebenín” podría tenerlo todo, y que entonces volvería a ser aburrido. Pues no te preocupes, pequeña. Porque tenemos el compañero adecuado para “Bebenín”.
[…] Y si todo eso se ha vuelto aburrido, hay todavía una amiga de “Bebenín”, que también tiene un equipo completo que sólo le va bien a ella.

[Pag. 91]

—Qué, ¿qué pasa? —dijo el hombre gris, enarcando las cejas—. ¿Todavía no estás contenta? Vosotros, los niños de hoy, sí que sois exigentes. ¿Quieres decirme qué le falta a esa muñeca perfecta?
Momo miró al suelo y reflexionó.
—Creo —dijo en voz baja— que no se la puede querer.

[…]

Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo. Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo. Pero, por desgracia, hay corazones ciegos y sordos que no perciben nada, a pesar de latir.

[Pag. 152]

Momo – Michael Ende

Written by nousernameprefer

agosto 6, 2010 at 9:27 am

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