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Era la primera vez que me apuntaban con una pistola, y me maravillé de lo cómodo que me sentía y con qué naturalidad aceptaba las posibilidades del momento. Un movimiento en falso, una palabra equívoca, y podía morir sin motivo alguno. Esa idea tendría que haberme aterrorizado. Debería haberme impulsado a salir corriendo, pero no sentí deseos de hacerlo, ninguna inclinación de interrumpir el flujo de los acontecimientos. Una inmensa y horripilante belleza se había abierto ante mí, y lo único que quería era contemplarla, seguir mirando a los ojos de aquella mujer con aquella extraña doble cara, en aquella habitación, escuchando la lluvia que batía sobre nuestras cabezas como diez mil tambores encargados de ahuyentar los demonios de la noche.

Vamos, dispare, le dije. Me haría un gran favor.

Las palabras salieron de mis labios antes de que supiera que iba a pronunciarlas. Me sonaron duras y terribles, de esas que sólo pronunciaría una persona desquiciada, pero una vez que las oí, me di cuenta de que no tenía intención de retirarlas. Me gustaban. Me agradaba su brusquedad y su franqueza, con su enfoque decisivo y pragmático del dilema al que me enfrentaba. Pese a todo el valor que me infundieron sigo ignorando, sin embargo, su verdadero significado. ¿Estaba pidiéndole realmente que me matara, o buscando la manera de disuadirla y evitar que lo hiciera? ¿Quería realmente que apretase el gatillo, o intentaba forzarle la mano y confundirla para que soltara el revólver? En los últimos once años me he planteado muchas veces esas preguntas, pero nunca he sido capaz de dar con una respuesta concluyente. Lo único que sé es que no tenía miedo. Cuando Alma Grund sacó el revólver y me apuntó al pecho, llegué a sentir menos miedo que fascinación. Comprendí que las balas de aquella arma contenían una idea que nunca se me había ocurrido. El mundo estaba lleno de pequeñas cavidades, aberturas sin sentido, vacíos microscópicos que la mente podía cruzar, y una vez que se estaba al otro lado de esos huecos, uno se liberaba de sí mismo, se liberaba de la vida, se liberaba de la muerte, se liberaba de todo lo que le pertenecía. Por casualidad, yo me había encontrado con uno de ellos aquella noche en mi cuarto de estar. Apareció en forma de revólver, y ahora que yo estaba dentro de aquel revólver, me daba igual salir de él o no. Me sentía enteramente tranquilo y absolutamente enloquecido, totalmente preparado para aceptar lo que ofrecía el momento. Es rara una indiferencia de tal magnitud, y como sólo puede lograrla alguien que esté dispuesto a dejar de ser lo que es, exige respeto. Inspira un temor reverente en quienes la contemplan.

Paul Auster, El libro de las ilusiones

Escrito por nousernameprefer

Marzo 10, 2009 a 9:46 am

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